México pone límites al algoritmo:

Sheinbaum abre el frente digital por la infancia.

En la mañana del lunes 3 de agosto de 2026, desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum convirtió la tradicional mañanera en un espacio de debate tecnopolítico de primer orden. No se trató de un anuncio de infraestructura ni de un nuevo programa social, sino de algo más profundo: la pretensión de recuperar el control sobre el diseño de las plataformas digitales que moldean la vida de millones de niñas, niños y adolescentes mexicanos.

El momento llegó cuando Arturo Béjar, exdirectivo de Meta y especialista en seguridad digital, presentó cifras demoledoras de un reporte interno de la propia compañía: uno de cada cinco jóvenes de 13 a 15 años se sentía peor consigo mismo por el uso de la red; uno de cada ocho había recibido acoso sexual; y uno de cada once había sido expuesto a contenido de suicidio o autolesiones. Más del 90 por ciento de esos daños, precisó, provenían de personas desconocidas. Béjar fue claro: el problema no es solo el contenido, sino el diseño adictivo —scroll infinito, reproducción automática, notificaciones constantes y algoritmos que maximizan el tiempo de permanencia—.

Jonathan Haidt, psicólogo social de la Universidad de Nueva York, se sumó desde el extranjero con un mensaje igualmente contundente: la generación nativa digital no resultó más inteligente ni más hábil; el uso prolongado de celulares en la infancia se asocia hoy con depresión, ansiedad y trastornos alimenticios. Algunos países ya prohibieron los teléfonos en las escuelas y elevaron a 16 años la edad mínima para registrarse en redes. Haidt invitó a México a considerar medidas similares.

El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, cerró el círculo al insistir en que “los algoritmos no son neutrales”. El debate, dijo, debe incluir no solo la regulación de contenidos, sino el propio diseño de las plataformas. Indonesia fue citado como ejemplo: en lugar de prohibir todo, se enumeran funcionalidades inapropiadas para menores, como la posibilidad de hablar con desconocidos.

La intervención no ocurrió en el vacío. Forma parte de una tendencia global en la que gobiernos de Europa, Asia y ahora América Latina buscan recuperar soberanía digital frente a las grandes tecnológicas estadounidenses. Para México, el momento es especialmente delicado. El país es al mismo tiempo socio estratégico de Estados Unidos en el nearshoring tecnológico y un mercado de más de 90 millones de usuarios de redes sociales. Cualquier regulación seria generará tensiones con Silicon Valley y, potencialmente, con Washington.

Sin embargo, el costo de no actuar también es alto. La evidencia científica se acumula y la presión social crece. “Este viaje no se trata de quitarles los teléfonos. Se trata de recuperar la infancia en el mundo real para todos nuestros hijos”, resumió Béjar. La frase resonó en la mañanera y probablemente lo hará en los próximos meses en el Congreso y en las mesas de negociación con las plataformas.

En el corto plazo, es previsible que el gobierno presente una iniciativa de ley o lineamientos que regulen el diseño de las apps dirigidas a menores, limít en la edad de registro y obliguen a mayor transparencia algorítmica. En el mediano plazo, México podría convertirse en referente regional: un país que, sin renunciar a la innovación, establece reglas claras de protección de la infancia digital. El éxito o el fracaso de esa apuesta no solo definirá la relación de las nuevas generaciones con la tecnología, sino también el peso de México en la geopolítica digital del siglo XXI.

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